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sábado, 7 de octubre de 2017

Importancia y significado de los símbolos


Capítulo I (continuación)
Del libro Hacia la creatividad cuántica
Autora: Lilia Morales y Mori

Un sábado de un verano caluroso, mi papá nos llevó a mi hermano y a mí a un tranquilo pueblo de Nuevo León. Cadereyta era un lugar apacible donde la sombra de los árboles con su verde fronda, inundaba el ambiente de una agradable y fresca brisa. Estacionó el coche frente a una logia masónica. La fachada de la pequeña construcción era blanca con una barda que separaba el breve espacio de un jardín con la entrada. Sacó de la cajuela algunos libros y a punto de tocar el timbre, salió un hombre ya mayor a nuestro encuentro. Después de los saludos de rigor, el señor ayudó a mi papá con algunos paquetes, entramos de inmediato al edificio.

El interior me pareció muy amplio y muy iluminado, aunque no recuerdo exactamente de donde venía la luz que se esparcía por todo el recinto. Yo tenía ocho años y Alex nueve, él era un niño bien portado, yo en cambio era desesperadamente traviesa. En el vestíbulo había un par de sillas, mi papá nos pidió que nos quedáramos sentados haciendo la tarea. No tardaría, ya que solamente iba a entregar los libros al señor. Ambos se encaminaron a un pequeño salón y después de cerrar la puerta de la estancia sentí una sensación tan poderosa como un imán, que me invitaba a adentrarme en el extraño espacio en el que nos encontrábamos.

Ese día traía puesto un vestidito amarillo de organdí, con una cinta de terciopelo negro en la cintura que se abrochaba con un ramo de florecillas blancas, la falda del vestido tenía un gran vuelo como el de las bailarinas que pintaba Edgar Degas. En mi casa teníamos algunos libros de pintores famosos y ese era uno de mis favoritos. Me levanté de la silla y me aproximé a las dos columnas que sostenían cada una en la parte superior una esfera. Veía las esferas en el momento que me descubrí haciendo un rítmico ruido con mis zapatos nuevos de charol negro, dando ligeros brincos en el suelo. Mi hermano me chistó un par de veces, y como no le hice caso, se me acercó, me entregó el cuaderno y mi lápiz y me susurró casi al oído: papá dijo que no nos moviéramos de la silla, ¡ten, haz la tarea!

Las columnas me parecían una invitación al siguiente espacio donde predominaba en el piso un arreglo cuadriculado en blanco y negro como un tablero de ajedrez. Me sentí tan pequeña como una pieza del juego y me interné en la cuadrícula, deslizándome entre los cuadros dando certeros brincos como lo hacían los jugadores con las piezas. Bordeando el piso, a los lados, estaban alineadas una gran cantidad de sillas, pensé que eran los espectadores del juego. Después de un rato me senté en el piso cuadriculado, abrí mi cuaderno y me puse a trabajar.

Cuando mi padre salió del salón se me quedó viendo. Alex se acercó a él y le dijo. ¡Lilia no obedeció papá! Inmediatamente me levanté y corrí hacia ellos. ¡Despídanse niños! Ordenó sin decir más. En el coche preguntó mi papa: ¿hicieron la tarea? Yo sí, dijo Alex, ¿y tú Lilia? yo también, la hice ayer viernes. ¿Puedo verla? Agregó papá tomando mi cuaderno que se abrió justo en la página donde había hecho un dibujo. ¿Tú hiciste esto? Si… contesté, permaneció un rato en silencio sin apartar la vista del dibujo. Finalmente agregó: ¿me lo regalas? Bueno. Cortó la hoja, la dobló y la metió dentro de un libro.

Cuando pasamos por la nevería del parque, cerca de casa, nos compró un helado. El mío era de chocolate. Al bajar del coche me caí y me ensucié de nieve el vestido con todo y el ramillete de florecillas. Empecé a llorar, Julia, nuestra cocinera quién además era mi nana y quién más tarde llegó a significar una parte emocional muy importante en mi vida, estaba en la puerta, me tomó de la mano, me cambió de ropa y puso a remojar mi vestido en agua tibia jabonosa. Yo la veía tallar delicadamente la tela cuando comencé a llorar de nuevo. No llores, nadie va a notar la mancha. No lloro por eso ¿entonces por qué lloras? Porque le regalé el dibujo a mi papá. ¿Cuál dibujo? El que acabo de hacer. Pues hazlo de nuevo. ¿Y si no me queda igual? Inténtalo. Tracé nuevamente el dibujo y se lo enseñé a Julia (figura 3) ¿Y qué es esto? –preguntó.
Es el tablero de la logia masónica. ¡Ahhhh! pues te quedó muy bien.


Aunque en ese tiempo yo no sabía que los símbolos son pictografías con significado propio, había dibujado la representación perceptible de una idea. Una idea que me trasmitía algo que yo ignoraba pero que en su conjunto me quedaba claro, era un medio gráfico de información. La imagen hablaba por sí sola a través de un planteamiento intuitivo de lo que yo había percibido. De tal modo yo quería trasmitir mi experiencia visual de una manera equivalente, a través de una imagen.

Tal vez mi curiosidad o la capacidad de percepción en mi niñez, me preparaban para desarrollar con el tiempo un proceso cognoscitivo más elaborado, a través de la información que yo advertía en ciertas vivencias o entornos, permitiéndome en consecuencia crear mi propia realidad del mundo y del universo. Una especie de memoria gráfica se instalaba frente a mí, facilitando el impulso de la creación que a la postre, me permitiría proyectar las propias representaciones de mis ideas.

(Continuará) 

Nota: El índice de los capítulos de "Hacia la creatividad cuántica" se encuentra en el cintillo izquierdo del blog. 



martes, 3 de octubre de 2017

Una partida de ajedrez en el parque


Capítulo I (continuación)
Del libro Hacia la creatividad cuántica
Autora: Lilia Morales y Mori

Una partida de ajedrez en el parque

Mi primer contacto con el ajedrez fue a la edad de cuatro años. Mi madre, en compañía de una amiga y su hijo, nos había llevado a mi hermano y a mí, a dar un paseo por los jardines de la alameda, en la colonia Santa María la Ribera, ubicada en una zona de gran tradición y valor arquitectónico de la ciudad de México. Ellas se habían sentado en una banca mientras Alex y Memo jugaban un juego ya olvidado de canicas. Yo observé a corta distancia, a un par de personas que se encontraban enfrascadas, en una situación que me pareció completamente incomprensible.

Me aproximé a ellos, a pesar de las advertencias de mi madre de “no molestes a los señores”, aunque puedo asegurar que mi presencia pasó totalmente desapercibida. Ambos personajes, completamente abstraídos, permanecían inmóviles de tanto en tanto, hasta que alguno de ellos tomaba alguna pieza y la movía de lugar colocándola nuevamente sobre la base de madera, esta acción originaba un certero y peculiar sonido que hasta el día de hoy no he podido olvidar.

Pensé que tal vez de eso se trataba, me pareció un juego de sonidos donde cada pieza retumbaba con cierta sonoridad, según la fuerza que le imprimía cada jugador. Algo de eso debía ser cierto, porque supuse que las piezas de sonidos débiles iban perdiendo la batalla y debían salir del recuadro que las contenía. Sorpresivamente uno de los jugadores movió una pieza, gesticuló una extraña sonrisa y dijo: “jaque mate”. El otro personaje se quedó tan desconcertado como yo. Acto seguido, todas las piezas fueron retiradas de la base, que en un cerrar y abrir de ojos, se convirtió en una caja donde fueron a parar todas las piezas haciendo un enorme estrépito.
Pasaron varios días, cuando descubrí en el librero de mi casa una caja igual a la que había visto en el parque. Me trepé a una silla y con gran alegría me apoderé de ella. Me gustaba deambular por el pequeño departamento con la caja bajo el brazo. El ruido que hacían las piezas en su interior me fascinaba. Ocasionalmente colocaba las piezas sobre la superficie reticulada de dos colores y las movía golpeando con fuerza el tablero. La felpa verde bajo las piezas creaba un sonido seco y profundo, que me permitía según su intensidad, determinar que pieza daría el “jaque mate”.


Mi ingenua imaginación infantil, empezaba a dar origen a mi pertinaz capacidad creativa. No serían los juegos los que me atraparían inevitablemente, sino la creación de ellos. Algo que me favoreció en dicha empresa, fue mi carácter solitario, de tal modo podía compartir con mis amigos imaginarios muchas de las ideas, que a temprana edad fueron poblando mis rudimentarios pensamientos.

(Continuará) 

Nota: El índice de los capítulos de "Hacia la creatividad cuántica" se encuentra en el cintillo izquierdo del blog. 


Las Puertas del Tiempo

  Monolito de Cristal de Humo. En mi novela "Las Puertas del Tiempo", La sociedad secreta PI. Hay un código que debes descifra...